lunes, 3 de diciembre de 2018
CAPITULO 8 (CUARTA HISTORIA)
Pedro la miró con el estómago encogido.
—No —susurró.
—Sí. Siento habértelo dicho de esta forma. No lo había planeado así, pero llevo tanto tiempo guardando éste secreto que...
—¡No! —Pedro se puso de pie, como si alejándose de ella pudiera cambiar la noticia que Paula estaba intentando darle. La señaló con un dedo acusatorio—. ¡Estabas tomando la píldora!
Paula se sentó sobre la cama, se cerró el albornoz y se ató el cinturón con una gran dignidad.
—Sí, pero...
—¿Dejaste de hacerlo? —el miedo que sentía explotó en forma de acusaciones—. Dejaste de hacerlo sin decírmelo, ¿verdad? Pensaste que si no podías atraparme de una forma, lo mejor era intentar otra cosa...
—¡Cómo te atreves! —ella se levantó de un salto de la cama, rígida de ira.
—¿Y qué otra cosa voy a pensar?
Oh, Dios, Pedro recordó cómo ella le había pedido que se comprometieran. Sus súplicas podían haber provenido de la desesperación, al saber que estaba embarazada de él.
Ella apretó los puños y lo miró con los ojos oscurecidos de furia por su traición.
—Podrías intentar pensar que fue un accidente. Yo tuve un resfriado aquel fin de semana, ¿no te acuerdas?
—Sí, me acuerdo.
Ella había sugerido que no se vieran porque no quería que Pedro se contagiara, pero él la había convencido diciéndole que tenía un gran sistema inmunológico. Le había dicho que pasarían el fin de semana en la cama, lo cual habían hecho. Y aquel resfriado había hecho que su última discusión fuera mucho más triste, porque ella había estado llorando, tosiendo y sonándose todo el rato. Él se había sentido el peor de los canallas, pero era ella la que lo había presionado. Y luego se había escapado.
Paula continuó hablando con amargura.
—Estaba tan preocupada por que tú te contagiaras que decidí pedirle al médico una receta para antibióticos, con la esperanza de que así habría menos posibilidades de que te pusieras enfermo.
—También me acuerdo de eso. Pero, ¿qué tiene que ver con...?
—¿Lo ves? ¡Tú tampoco lo sabes! ¡Los antibióticos anulan el efecto de la píldora anticonceptiva!
Así que era cierto. Pedro se quedó helado. Una hija. Tenía una hija.
—¿Dónde está?
La actitud desafiante de Paula se desvaneció y su expresión se volvió muy triste.
—En Colorado —le dijo ella, en voz baja—. En el Rocking D.
—¿Con Sebastian? —Pedro se sintió alarmado—. ¡Sebastian no sabe absolutamente nada de bebés! ¿Cuánto...?
—Quizá sea mejor que nos sentemos —dijo ella, señalando una mesa con dos sillas que había junto a la ventana—. Tenemos varias cosas de las que hablar.
A él no se le ocurrió un plan mejor. Era un lugar tan bueno como cualquier otro para que Paula le lanzara una granada de información tras otra. Se acercó a la ventana y descorrió las cortinas. Las había cerrado mientras ella estaba en la ducha, como parte de su plan para seducirla. En aquel momento, sin embargo, necesitaba sensación de espacio.
Cuando estuvieron el uno frente al otro, Paula comenzó a hablar.
—Entiendo que estés agitado. De veras, tenía la esperanza de poder contarte esto más gradualmente, pero antes de que hable más, necesito saber si podemos mantener esto entre nosotros o si tienes alguna obligación de ponerte en contacto con mis padres.
Pedro recordó la preocupación grabada en el rostro de Adela y el brillo de desesperación que había en los ojos de Ramiro.
—Están muertos de ansiedad por ti. Me dijeron que estabas viajando... —entonces Pedro se interrumpió y la miró fijamente—. ¿Has estado llevando a esa niña por todo el país?
—Se llama Olivia, y no, no he hecho semejante cosa. Como ya te he dicho, la dejé en el Rocking D.
Olivia. Su nombre la hacía más real, lo cual no era nada bueno.
—¿Desde cuándo?
—Desde marzo.
—¡Cielo Santo! ¿Está bien? ¿Sebastian está...?
—La niña está bien. Yo llamo a menudo por teléfono —dijo Paula. Tenía los nudillos blancos de apretarse las manos sobre el regazo—. Tuve que hacerlo, Pedro. Pero primero, tengo que saberlo. ¿Vas a llamar a mis padres y a contarles todo?
—¿No te parece que se merecen saberlo? ¡Por Dios, es su nieta, Pau!
—Lo sé —Paula tragó saliva—. Pero querrían hacerse cargo de la situación y protegerme y en esta ocasión, también atraparían a Olivia en su red. Ella se convertiría en una pequeña prisionera, como yo. En cuanto sepan la historia completa, es posible que incluso pidan una orden judicial para tener el derecho a hacerlo.
Poco a poco, Pedro comenzó a encajar las piezas del rompecabezas. Su disfraz, su separación del bebé, sus viajes...
—¿Qué ocurre, Pau?
—Necesito que me des tu palabra de que no llamarás a mis padres.
—No te la voy a dar. Quizá eso sea lo que hay que hacer.
Ella se puso frenética.
—¡No, no! No permitiré que mi hija tenga que crecer de esa manera. Por favor, Pedro. Prométeme que no los meterás en esto.
Él sacudió la cabeza.
—No. Entiendo que tengas miedo. He visto Chaves Hall y estoy seguro de que te sentiste muy sola allí. Pero hay cosas peores que sentirse solo. Tienes que confiar en mí. No me pondría en contacto con ellos a menos que creyera que es absolutamente necesario, pero si son tu mejor alternativa y tú eres tan cabezota como para no verlo, entonces...
—Tú nunca has vivido allí —dijo Paula. Se levantó bruscamente de la silla y se dirigió hacia el baño—. Está bien. Mi objetivo principal era contarte que habías tenido una hija, y ya lo he cumplido. Lo único que te pido es que si me ocurre algo, cuides de ella.
Paula iba a encerrarse en el baño, pero él había cruzado la habitación y la alcanzó antes de que pudiera hacerlo.
—Espera un momento —preguntó con el corazón en la garganta—. ¿Qué quieres decir con eso de que te puede ocurrir algo?
Ella lo miró fijamente.
—Nadie tiene garantías en esta vida, ¿no? Y ahora, si me disculpas, quiero vestirme y desaparecer de tu camino.
—Y un cuerno —respondió él.
Diecisiete meses antes no habría hecho nada por impedirlo, pero eso era antes de que hubiera vivido en una zona de guerra, donde la vida podía perderse a cada instante. La tomó por la muñeca y la arrastró de nuevo a la habitación.
—Es evidente que corres algún tipo de peligro, y por Dios que vas a explicármelo.
Ella se resistió e intentó zafarse. Estaba roja de ira y tenía la respiración entrecortada.
—Éste comportamiento machista no es propio de ti.
—He cambiado. Y ahora, dímelo.
—¿Y por qué iba a hacerlo?
—Para empezar —dijo Pedro, y le agarró la otra mano también—, eres la madre de mi hija.
Al decirlo, se estremeció, pero aquel hecho le concedía ciertos derechos.
—Siempre he puesto a Olivia por encima de todo —respondió Paula, echando chispas por los ojos—. Me aseguraré de que esté a salvo, aunque a mí me pase algo.
—Ella te necesita —Pedro le apretó las muñecas aún más—. Y maldita sea, yo también.
—¡No, tú no! —exclamó Paula, con los ojos llenos de lágrimas de frustración—. ¡Tú sólo me necesitas para el sexo!
Pedro tenía la garganta oprimida de remordimiento. Ella tenía razones para pensar aquello.
—Claro que te necesito por el sexo, por supuesto que sí. De una forma que tú no sabes. Pero eso sólo es la punta del iceberg, cariño.
—No te creo. Suéltame.
—No. Dime por qué estás en peligro. Tengo derecho a saberlo. Dímelo por el bien de Olivia —decir el nombre del bebé, reconocer que era una persona, le costó otro gran esfuerzo, pero Pedro pensó que aquello terminaría de convencer a Pau.
Y así fue. A ella se le hundieron los hombros.
—Alguien está intentando secuestrarme.
—Dios mío...
Pedro le soltó las muñecas y la abrazó con fuerza. Escondió la cara en su pelo mientras le susurraba al oído:
—Ay, Dios, Pau.
—¡Es exactamente lo que predijo mi padre! —dijo ella entre sollozos, abrazándose a Pedro—. En Aspen, me pareció que alguien me estaba siguiendo. Luego un coche intentó sacarme de la carretera. Gracias a Dios, Olivia no estaba conmigo. Yo conseguí escapar, pero en otra ocasión vi que me estaba siguiendo el mismo coche, y entonces lo supe con certeza. Alguien ha averiguado quién soy y han decidido secuestrar a la heredera del imperio Chaves.
Con un horror cada vez más intenso, Pedro escuchó la historia que Paula continuó contándole. Ella había cambiado de coche, había tomado a la niña y se la había llevado al Rocking D para dejarla allí, a salvo. Llevaba seis meses huyendo. Pero había sido una huida creativa.
Había usado distintos disfraces y medios de transporte para intentar engañar a su perseguidor. Pero justo cuando creía que lo había conseguido, un hombre la había seguido por una calle abarrotada, lo suficientemente lejos como para que ella no pudiera identificarlo, pero lo suficientemente cerca como para que Paula sospechara que se trataba del mismo hombre. Sin embargo, esa vez también había conseguido eludirlo.
Cuando terminó de contarle lo que había estado ocurriendo, Pedro se quedó en silencio durante un instante. Después suspiró.
—Vamos a llamar a la policía.
—¡No! —exclamó ella, y se apartó de Pedro—. En cuanto lo hagas, mis padres se enterarán y tomarán cartas en el asunto. Después, mi vida tal y como la conocía habrá terminado.
—Tu vida tal y como la conocías ya ha terminado. ¡Está totalmente destrozada!
—No, no es cierto.
—Claro que sí. Te está persiguiendo un secuestrador y no puedes estar con tu hija.
—Ahora que tú has vuelto a casa, puedo arriesgarme.
—No, espera un segundo. Por muy halagador que me resulte, no puedo permitir que pienses que soy un guardaespaldas.
—Acabas de decir que has cambiado. Y yo también me doy cuenta. Eres más agresivo que hace diecisiete meses.
—Yo no soy un guardaespaldas entrenado, y tus padres son exactamente las personas que podrían...
—Oh, vaya, mira qué hora es —lo interrumpió ella, mirándose la muñeca desnuda. Después se dirigió rápidamente hacia el baño—. Tengo que darme prisa.
—Demonios —farfulló él. La agarró por el hombro para evitar que ella se encerrara allí y suspiró—. ¿Me estás diciendo que si llamo a tus padres, tú te largarás y me dejarás a mí tratando con ellos?
A Pedro no le seducía la idea de encararse a solas con Ramiro Chaves y anunciarle que había dejado embarazada a su hija.
—Supongo que eso es exactamente lo que quiero decirte, Pedro Andres.
—Eso es chantaje, Paula Luisa.
—Lo sé.
—Y también estás chantajeando a tus padres. Tu padre quiere contratar a un detective privado para encontrarte, pero tu madre no se lo permite, porque cree que tú te marcharás para siempre si lo hace.
—Y tiene razón.
—Paula, ¿y si ese secuestrador consigue lo que se propone? ¿Y si decide, después de conseguir el dinero del rescate, que lo mejor es matarte? ¿Lo has pensado?
Paula asintió.
—Por eso necesitaba hablar contigo y contarte lo de Olivia. Para que la niña esté bien.
La idea de que a Paula pudiera pasarle algo tenía el poder de dejarlo paralizado, así que Pedro no se paró a pensarlo.
—Dejando a un lado el asunto de cómo podría afectarnos eso a los demás, tengo que decirte que la niña no estaría bien si a ti te ocurriera algo. Yo soy un candidato nefasto para padre, y lo sabes.
—No lo sé, pero si llamas a mis padres, nunca tendremos la oportunidad de averiguarlo. Encerrarán a Olivia entre los muros de Chaves Hall antes de que cante un gallo.
—A mí me parece un buen plan.
De ese modo no tendría que preocuparse por la niña. Él tenía un negocio en Colorado, después de todo. Podría pagar la manutención del bebé, aunque posiblemente los Chaves se rieran de la asignación que el juez le pediría.
—Y yo tendría que ir con ella —dijo Paula, suavemente.
Aquello era algo distinto. La mujer a la que él quería estaría a salvo, pero no sería feliz. Y él estaría... perdido. Perdido sin posibilidad de redención.
—Verás, tiene que ser a mi manera si tú y yo queremos tener una oportunidad. Y Olivia, también.
Al mirarla a los ojos y ver en ellos una chispa de esperanza, el sentimiento de pánico y de ineptitud de Pedro amenazó con ahogarlo.
—Yo no sería un buen padre para Olivia, Pau. He pasado por muchas cosas, y sabes lo que pienso sobre tener hijos. Admito que en el vuelo hacia aquí, comencé a pensar que quizá algún día pudiera adoptar a un huérfano del campo de refugiados. Pero eso sería diferente. El niño no tendría demasiadas opciones, e incluso tenerme a mí cómo padre sería mejor que nada.
—Oh, Pedro —Paula se acercó a él y le acarició el pelo. Después, le tomó el rostro entre las manos—. Yo no conocí a tu padre —dijo—, pero sé que tú no eres como él. Tú nunca pegarías a un niño como él te pegó a ti, ni lo despreciarías hasta que se sintiera una basura, como lo hizo él.
—Eso no puedes saberlo. Es lo que viví durante dieciocho años. Cabe la posibilidad de que su comportamiento esté también en mí, latente, esperando el momento en el que yo tenga un hijo, y automáticamente, actúe igual que él.
Paula lo miró a los ojos.
—¿Ni siquiera quieres verla? —preguntó suavemente.
A él se le encogió el estómago al pensarlo, pero sí, tenía que admitir que sentía cierta curiosidad.
—Quizá, desde una distancia prudencial.
Pau sonrió.
—¿A cuánta distancia sería?
—A través de conferencia telefónica estaría bien.
Ella mantuvo su mirada.
—Creo que tiene tus ojos.
Aquello lo desconcertó. Durante todo el tiempo se la había imaginado con los ojos marrones, como los niños del campo de refugiados.
—¿Azules?
—Probablemente, sí. Todavía no tenía el color definido cuando... cuando la dejé en el rancho —explicó, y los ojos comenzaron a brillarle de nostalgia—. Oh, Pedro, por favor. Vamos a llamar al rancho. Quiero decirles que vamos a ir. Hace una eternidad que no la veo. Por favor. Allí son sólo las diez. No se habrán acostado aún. Vamos a llamar ahora.
—Está bien. Sí. Lo haremos.
—¡Oh, gracias! —le rodeó el cuello con los brazos y le dio un beso.
Es posible que ella quisiera tener un gesto amistoso, y que aquel beso no fuera una invitación, pero no importó. El cuerpo de Pedro reaccionó involuntariamente mientras la abrazaba con fuerza y la besaba.
Con un suave gemido de placer, ella se moldeó contra su cuerpo de un modo como sólo Paula podía hacerlo. Era cálida y flexible. Pedro tiró del cinturón de su albornoz y el grueso tejido se abrió sobre la suave curva de sus pechos. Al instante, él experimentó la alegría de acariciarle la piel sedosa y ella jadeó contra su boca. Pau siempre había sido tan sensible a sus caricias que hacía que se sintiera como un Dios cuando estaban haciendo el amor.
Esa noche, su reacción le pareció incluso más sensible, y sutilmente distinta. O quizá sólo fueran imaginaciones suyas. Antes, él pensaba que conocía todos los detalles sobre ella, incluso los más íntimos. Sin embargo, en su ausencia ella había dado a luz a una hija, y el hecho de saber aquello hacía que su cuerpo le resultara misterioso y exótico. Necesitaba reconectarse con ella o al menos, convencerse a sí mismo de que todavía podía conocerla, que todavía estaba a su alcance.
La miró fijamente a los ojos y lentamente, le abrió por completo el albornoz. Le tomó un pecho con la mano y se inclinó, con el corazón acelerado, para lamerle el pezón. Pau tenía un sabor celestial. Él cerró los ojos, extasiado.
Ella suspiró su nombre y le enterró los dedos en el pelo para sostenerlo contra su pecho.
—Voy a llevarte a la cama —murmuró él, tenso de deseo.
—¿Y esa... llamada de teléfono? —suspiró Pau.
—Por la mañana —respondió él.
CAPITULO 7 (CUARTA HISTORIA)
Un interminable y humillante rato después, Paula estaba finalmente encerrada en el cuarto de baño de la habitación de hotel de Pedro.
Farfullando imprecaciones, se desnudó, se quitó la peluca y se metió en la ducha. De todas las formas de reencontrarse con Pedro que hubiera podido imaginar, ninguna incluía una vomitona.
Afortunadamente, sólo había manchado un lateral del taxi y la manga de su propio abrigo. Y en el barullo que había seguido a aquel incidente, Paula se había sentido demasiado avergonzada como para pararse a averiguar si Pedro estaba contento de verla o no.
En el baño, se tomó tiempo para deleitarse con el lujoso jabón y champú del hotel, y después se extendió loción hidratante por el cuerpo. Hacía tiempo que no disfrutaba de un tratamiento de cinco estrellas como aquel. En su huida, había intentando no tocar su fondo fiduciario en absoluto, pero al verse obligada a dejar su trabajo, había tenido que sacar algo de dinero de aquella cuenta. Había gastado con rabia aquellos dólares, porque eran de su padre.
Así que no se podía decir que sus alojamientos de los últimos meses hubieran sido de primera clase. Más bien, de quinta o sexta.
Conociendo a Pedro y su falta de pretensiones, lo normal habría sido que se alojara en un hotel de precio medio, pero por razones desconocidas para Paula, le había pedido al taxista que los llevara al Waldorf. Quizá lo hubiera hecho por ella.
Después de aquella ducha tan reconfortante, pensó que no quería ponerse algo arrugado y con olor a moho de lo que llevaba en la mochila.
Se imaginó saliendo del baño para hablar con Pedro con un jersey enorme de cuello alto, deformado y viejo, y se imaginó teniendo la misma conversación con Pedro, pero llevando el albornoz blanco del hotel. Aquella conversación ya iba a ser lo suficientemente difícil sin tener mal aspecto, así que se envolvió en una toalla y abrió una rendija de la puerta.
—¿Pedro?
—¿Sí? —al instante, unos pasos se acercaron al baño—. ¿Estás bien? ¿Quieres que llame a un médico?
—No, gracias. Estoy perfectamente —respondió ella—. Pero me gustaría pedirte un favor. ¿Te importaría que me pusiera el albornoz del hotel, que está colgado en el armario? Mi ropa está... bueno, no está... Es que yo...
—Toma —dijo Pedro, mientras por la rendija asomaba una prenda blanca—. Que lo disfrutes.
—Gracias —respondió ella, y abrió un poco más la puerta para tomar el albornoz. Oh, sí. Algodón egipcio. Se sintió como si estuviera en el cielo cuando se lo puso y se ató el cinturón. Por primera vez, desde hacía meses, se sentía ella misma. Y en ese momento, tenía que enfrentarse a Pedro. Pensó en arreglarse el pelo y pintarse los labios, pero ¿para qué?
Posiblemente, Pedro ya no la quería. Su aspecto no tenía importancia. Lo único que importaba en todo aquel lío era Olivia.
—¿Pau? —Pedro dio unos golpecitos en la puerta—. ¿Seguro que estás bien?
—Sí.
—Entonces ¿por qué tardas tanto?
—Estaba... eh... pensando.
—Bueno, ¿y no podrías pensar aquí fuera? Tenemos que hablar.
—Sí, es cierto —respondió Paula. Inspiró profundamente, dejó escapar en aire y abrió la puerta del baño. Se encontró frente a la pechera de la camisa de Pedro. Él estaba en el umbral, invadiendo su espacio vital.
—Tengo que preguntarte algo —dijo él sin rodeos.
Ella lo miró asombrada.
—¿Qué?
—¿Hay alguien más?
Paula sintió una intensa alegría. Aleluya. Él todavía la deseaba.
—No. Nadie.
Con un sonoro suspiro, Pedro la abrazó.
—Disculpa la barba —murmuró.
Luego la besó.
Aunque Paula estaba rebosante de alegría al saber que él todavía tenía interés por ella, al principio la barba la distrajo. Besarlo era como besar a un animal disecado. Pero entonces... entonces él la persuadió para que abriera la boca. Ella olvidó la barba mientras redescubría por qué el hecho de besar a Pedro había sido una de las emociones más grandes que había experimentado en la vida. Podía transmitir más sensualidad en un beso que cualquier hombre en una hora de sexo. Se acurrucó contra él, intentando pegarse aún más a su cuerpo.
Pedro cambió el ángulo de su boca y tiró del cinturón del albornoz mientras murmuraba algo que sonaba como «no puedo resistirme».
Bueno, ella tampoco podía. Comenzó a desabotonarle la camisa. Pero... en aquel momento se dio cuenta de que aquello no era lo que había planeado.
—Te necesito —murmuró él empujándola hacia la cama mientras continuaba besándola hasta hacerle perder el sentido.
—Espera —dijo ella, jadeando.
—No puedo —él le abrió el albornoz y tomó uno de sus pechos en la mano con un suave gruñido.
—Pedro...
Paula quería decirle que ya no estaba tomando la píldora, pero él continuó besándola. Sintió que la parte trasera de sus rodillas tocaba el borde de la cama. Paula sobre contra la colcha y él, encima de ella.
Jadeando, Paula lo intentó de nuevo.
—No...
Él la silenció una vez más. Oh, Dios. Cuántas veces había fantaseado con aquello. Lo abrazó con fuerza, se arqueó para recibir sus caricias y gimió.
—Dios, te necesito —gruñó él.
—Yo también... —pero un bebé sin planear era más que suficiente. Paula se obligó a pronunciar las palabras—. Pero ya no estoy tomando la píldora. No podemos...
—Sí podemos —dijo él, y recorrió el cuello de Paula con los labios, hasta su boca.
Al principio, ella creyó que se refería a que no le importaría que ella quedara embarazada.
—¿Podemos?
—Sí —respondió él, y le cubrió la cara con un millón de besos—. Podemos. Quiero estar dentro de ti, Pau.
¿Le estaba diciendo que había cambiado de opinión en cuanto a los hijos? Su corazón se llenó de gozo al pensarlo.
—¿Por qué podemos?
—Le pedí al servicio de habitaciones que dejara preservativos en la habitación. No te preocupes —él le besó las mejillas, los párpados, la nariz—. No te dejaré embarazada.
Ella se quedó inmóvil.
—¿Y eso sería tan terrible?
Él se detuvo y la miró a los ojos. Aunque con un gran esfuerzo, controló su deseo y respiró profundamente.
—No quiero empezar con una pelea, Pau.
—Yo tampoco, pero necesito saberlo. ¿Sería tan terrible que me dejaras embarazada?
—¿Quieres decir en éste momento? Sí. Tenemos mucho de lo que hablar, y ésa es una de las cosas que tenemos que tratar, pero no querría hacer un movimiento como ése sin tener en cuenta todo lo demás. Estoy dispuesto a pensarlo. Mucho más dispuesto que cuando me marché. Quizá... No estoy diciendo que vaya a ocurrir, aunque quizá algún día... Pero no ahora.
La esperanza que Paula había sentido se desvaneció. Aquel hombre era imposible. Ella había querido encontrar una forma de darle la noticia con suavidad, pero de repente, ya no quería ser suave con ese nombre tan increíblemente sexy y tan frustrantemente obstinado. Quería darle un golpe entre las cejas.
—Es demasiado tarde para hablar de ello, Pedro —dijo—. Hace ocho meses tuve una hija.
domingo, 2 de diciembre de 2018
CAPITULO 6 (CUARTA HISTORIA)
El taxi en el que había ido Pedro estaba vacío en la carretera hacia la casa. El conductor estaba paseando cerca, fumando un cigarro.
Volvió al taxi para apagarlo en el cenicero, lo cual era todo un detalle, pensó Paula. A Herb, el jardinero, le daría un ataque si encontrara una colilla tirada en el césped que mantenía aterciopelado.
Después, el conductor se alejó del coche de nuevo y fue hasta el promontorio que descendía hacia el río. En aquel momento, aparecieron las luces de una barcaza sobre el agua y se oyó el retumbar de unos motores. El conductor se quedó inmóvil, de espaldas a ella, con las manos en los bolsillos, mientras miraba el barco aproximarse.
A Paula se le aceleró el pulso al darse cuenta de que tenía una buena oportunidad. Pedro había ido hasta allí en el asiento delantero, junto al taxista, y sin duda, haría el viaje de vuelta en el mismo asiento. Mientras el conductor observaba cómo pasaba la barcaza, ella podría esconderse en el suelo del asiento trasero. El ruido del motor del coche amortiguaría el sonido que haría la puerta del taxi al abrirse y cerrarse.
A menos que Pedro saliera en el momento exacto en el que ella se metía en el vehículo, podría ir en el mismo coche que él hasta su hotel. Cuando llegaran, se dejaría ver. Ojalá el taxista no padeciera del corazón.
Corrió hacia el taxi, abrió una de las puertas traseras y se agachó en el suelo del vehículo.
Después cerró de nuevo, tan silenciosamente como pudo. El conductor continuaba mirando la barcaza que seguía el curso del río hacia el mar.
Posiblemente, pensaba que no necesitaba vigilar el taxi estando entre los muros de Chaves Hall.
Ella se tumbó y se quedó inmóvil en el suelo, con la cabeza apoyada en la mochila. Se obligó a relajarse y a controlar la respiración, inhalando profunda y lentamente, pero estuvo a punto de ahogarse con el olor a tabaco que emanaba de la moqueta.
«Hago esto por Olivia», se dijo. Gradualmente, se acostumbró al repugnante olor. El bienestar de Olivia merecía cualquier sacrificio.
Pese a aquella incómoda postura, consiguió relajarse. En ese momento, oyó la puerta principal de la casa, que se abría y se cerraba, y de repente, comenzó a respirar con dificultad.
Pedro se estaba acercando.
—¿Ya ha terminado? —dijo el taxista.
—Sí, ya podemos marcharnos —respondió Pedro.
Su voz la llenó de melancolía. Lo quería. No importaba cuánto hubiera intentado ahogar esos sentimientos. El sonido de su voz desencadenó una riada de recuerdos tiernos, lujuriosos, explosivos. El corazón comenzó a latirle desbocadamente cuando las puertas del taxi se abrieron y la luz del techo se encendió. Si cualquiera de los dos miraba hacia atrás, la vería.
Pero no lo hicieron. El motor se puso en marcha y Paula descubrió otra cosa muy desagradable. Desde allí, percibía todo el olor del humo del coche. Maravilloso. Era posible que se asfixiara.
El taxi comenzó a moverse y se puso en camino.
A los pocos minutos, el taxista y Pedro empezaron a conversar y ella alzó un poco la cabeza para mirar por la ventanilla y saber cuándo llegaban a la ciudad. Tenía muchas ganas de llegar porque el humo la estaba mareando.
—Ahí está la Chaves Tower —dijo el taxista—. Dicen que la oficina de Chaves ocupa todo el último piso. Por lo visto, es un despacho enorme con una vista de trescientos sesenta grados sobre Manhattan.
Ella conocía aquel despacho. Paula cerró los ojos y agudizó los sentidos para concentrarse en la conversación del taxista. Quizá el hombre consiguiera que Pedro dijera algo que a ella pudiera interesarle.
—Ya he oído hablar de ese despacho.
Le había oído hablar a ella. Pedro era la única persona que conocía su pasado y cuando la había abandonado, Paula había perdido mucho más que un amante. Había perdido a la única persona con la que podía hablar sin tener que cuidar cada una de las palabras que pronunciaba.
—Ese Chaves debe de ser un trapichero —dijo el taxista, que evidentemente estaba intentando sacarle algún chismorreo—. Y supongo que también será un hueso duro de roer.
«No lo sabe usted bien», pensó Paula. «Intente tener una opinión distinta a la suya y verá lo que le ocurre».
—Alguien me había dicho que es difícil llevarse bien con Chaves —dijo Pedro—, pero a mí me ha parecido un hombre razonable.
Paula abrió los ojos de golpe. ¿Pedro pensaba que su padre era razonable? ¿Qué especie de chaquetero era? Sintió que su dolor de cabeza se intensificaba.
—Entonces ¿ustedes dos se han entendido bien? —preguntó el taxista.
—Eso creo —respondió Pedro—. Alguien con tanto poder como él le puede caer mal a la gente, pero a mí me ha parecido un hombre decente que intenta hacer lo que está bien.
Paula no sabía qué era peor, el humo del coche o el hecho de que Pedro alabara a su padre. Las dos cosas la estaban poniendo enferma.
—Y también creo que la persona que me dijo que era difícil llevarse bien con él probablemente tenía algunos problemas de autoridad que resolver —añadió Pedro.
¿«Problemas de autoridad»? ¿Qué demonios sabía él de eso? Paula emitió automáticamente un sonido de protesta, antes de recordar que debía permanecer callada y escondida en el asiento trasero. Se tapó la boca con la mano, pero era demasiado tarde.
—¡Dios Santo! —exclamó el taxista—. ¡Hay alguien ahí!
—¡Usted siga atento a la carretera! ¡Yo me encargaré! —dijo Pedro. Se pasó al asiento trasero y agarró a Paula por las solapas de la chaqueta.
Ella estaba demasiado asombrada como para hablar.
Pedro tiró de ella hasta conseguir que se sentara en el suelo y a Paula se le cayeron las gafas del disfraz. Volvió a ponérselas e intentó no vomitar. El humo había hecho que se mareara de verdad.
—Dios Santo, es una mujer —dijo Pedro, estupefacto.
—¿Y qué hace una mujer en mi taxi? —preguntó el conductor con histerismo—. ¿Va armada?
—No lo sé —dijo Pedro con la respiración entrecortada—. ¿Está armada?
Ella sacudió la cabeza.
—No —dijo él al taxista. Mientras su respiración se calmaba, la observó atentamente, como si estuviera intentando descifrar un acertijo.
—Voy hacia la comisaría más cercana —dijo el taxista.
—No, aún no —respondió Pedro con más tranquilidad—. Déjeme ver si averiguo qué está haciendo aquí —dijo, y miró a Paula—. ¿De dónde ha salido usted?
Ella no confiaba en que pudiera abrir la boca para hablar sin vomitar, así que se quitó las gafas y lo miró.
Él la miró también, fijamente. Entonces, sin apartar sus ojos de ella, subió el brazo libre y encendió la luz del techo del vehículo.
Paula parpadeó, deslumbrada, pero cuando lo miró de nuevo, se dio cuenta de que él la había reconocido.
—¿Pau? —susurró Pedro.
Ella asintió. Después se subió al asiento, bajó la ventanilla y vomitó.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)