domingo, 16 de diciembre de 2018

CAPITULO 50 (CUARTA HISTORIA)




Paula no recordaba mucho del viaje de vuelta al rancho. Debía de encontrarse conmocionada, porque no podía dejar de temblar, pese a que iba envuelta en una manta. Su caballo cabalgaba entre el de Sebastian y Augusto. Bruno iba detrás, con Olivia a la espalda.


Pedro, el hombre al que ella necesitaba ver por encima de todo, iba al final del grupo, dirigiendo el caballo sobre el cual habían colocado el cadáver de Esteban Pruitt, atravesado sobre la silla. Ella no tenía ni idea de que Pedro pudiera disparar con tanta puntería, pero por los breves comentarios de los otros chicos, había asumido que era un magnífico tirador.


Estaba muy agradecida por aquello, y le hubiera gustado darle las gracias por haberle salvado la vida a Olivia. Pero no parecía que Pedro quisiera hablar de ello. Y tampoco parecía que quisiera hablar con ella.


Sin embargo, estaba vivo. Cada vez que lo pensaba, Paula le daba gracias al cielo. 


Entendía que Pedro, seguramente, se estaba enfrentándose a muchas emociones en aquel momento. Conociéndolo, estaría castigándose porque a Olivia y ella las hubieran secuestrado delante de sus narices. Y además, tenía que afrontar el hecho de que había matado a un hombre.


Paula no tenía ningún remordimiento porque Esteban Pruitt estuviera muerto. Ella misma lo hubiera matado si hubiera tenido la oportunidad. 


Y aun así, no sabía exactamente cómo se sentía Pedro por haber sido él quien apretara el gatillo. Sobre todo, sabiendo que se oponía diametralmente a la violencia.


Pedro y ella debían mantener una larga charla. Cuando llegaran al Rocking D, encontrarían el momento de aclarar las cosas entre ellos. 


Cuando lo hubieran resuelto todo en la comisaría, Pedro y ella necesitaban pasar un rato a solas. Tenían mucho de lo que hablar.


Pero cuando llegaron al rancho y Paula vio el helicóptero en el corral, comenzó a darse cuenta de que Pedro y ella no iban a poder estar a solas durante un tiempo. De la casa comenzó a salir gente, y ella vio que su padre y su madre estaban en el grupo.



sábado, 15 de diciembre de 2018

CAPITULO 49 (CUARTA HISTORIA)





La dedalera estaba haciendo su efecto. Pruitt había tomado tres tazas de café, y Paula se daba cuenta de que no se sentía bien, aunque estaba intentando disimularlo. Y cuanto peor se sentía, más empeoraba también su humor. En aquel momento, todas sus frases contenían maldiciones e insultos.


A ella le entusiasmaría que se desmayara, aunque era posible que sólo vomitara. Pero incluso eso sería suficiente para que pudiera quitarle la pistola. Si se daba la circunstancia, tendría que moverse con rapidez, así que había puesto la manta sobre la que estaba sentada con Olivia cerca del álamo donde estaba amarrado el arnés. Necesitaba un lugar donde dejar a la niña cuando llegara el momento de quitarle el arma a Pruitt.


De repente, él pronunció una imprecación y se puso de pie, tambaleándose.


—¡Ya sé lo que pasa! ¡Serás desgraciada! Me has puesto algo en el café, ¿verdad?


—¡Claro que no! —respondió ella. El miedo hizo que se le secara la boca. Puso a Olivia en el arnés y se agachó frente a ella, para servirle de escudo—. ¿Y qué iba a poner en el café? 
¡Estamos en medio de ninguna parte!


—No lo sé —dijo él. La estaba apuntando con la pistola mientras, con la otra mano, se sujetaba el estómago—. Lo único que sé es que me duele mucho el estómago, y apuesto a que es por tu culpa. Demonios, seguro que tu padre ya me ha hecho la transferencia. Debería pegaros un tiro a ti y a la niña y terminar con todo esto.


Paula se preparó para saltar sobre él. Si iba a disparar de todos modos, se lo llevaría con ella. 


Le temblaba mucho el pulso, así que no tendría puntería. Siempre y cuando no la matara al instante, encontraría la manera de quitarle el arma y dispararle antes de que pudiera apuntarle a Olivia.


—Creo que te voy a matar —dijo él, casi doblado de dolor—. No sé por qué pensé que tenía que manteneros con vida. Tu padre va a pagar lo que sea. Tú eres lo más importante para él. Por eso yo sabía que si te secuestraba... —en aquel punto, dejó de hablar. Apretó la mandíbula y comenzaron a llorarle los ojos.


—Maldita seas —musitó, y cayó de rodillas, temblando violentamente.


Cuando empezó a vomitar, Paula se puso en pie de un salto, corrió hacia él y agarró la pistola. 


Sin embargo, él apretó el puño alrededor de la culata. En el forcejeo, el revólver se disparó con un estruendo y la bala se perdió entre los árboles.


Paula estaba frenética por conseguir el arma. 


Una bala perdida podría matar a Olivia igual que una bien apuntada. Se llevó la mano de Pruitt a la boca y se la mordió con fuerza. Cuando hundió los dientes en la carne, él gritó y soltó la pistola.


Ella la tomó, pero no consiguió ponerse en pie antes de que él se abalanzara sobre ella y volviera a quitársela.


—¡Se acabó! —gritó él, apuntándola—. ¡Estás muerta, desgraciada!


—¡Tira el arma! —dijo la voz de un hombre en la oscuridad. La luz de una linterna le iluminó el rostro a Pruitt.


Paula jadeó de alivio al reconocer la voz de Sebastian.


—No intente nada. Está rodeado —dijo otra voz, y se encendió una segunda linterna.


Bruno. Habían ido por ella. Oh, gracias a Dios.


Desde otro punto, Paula oyó la voz de un tercer hombre y vio otra luz.


—Tire el arma y levante las manos. No estamos de humor para jueguecitos.


Augusto. Pero ¿y Pedro? Oh, Dios, ¿dónde estaba Pedro?


Pruitt entrecerró los ojos para que no lo cegara la luz de las linternas. Entonces, con un rápido movimiento, agarró a Olivia y le puso la pistola en la cabeza.


—¡No! —gritó Paula.


Olivia comenzó a llorar mientras Pruitt daba vueltas, mirando a la oscuridad.


—¿Alguna pregunta, señores?


Sonó un disparo. Paula gritó de nuevo y corrió hacia Pruitt sin pensar en lo que pudiera sucederle. Llegó justo a tiempo para tomar a Olivia en brazos mientras el cuerpo de Pruitt caía al suelo con un balazo en la frente.


Paula cayó de rodillas, abrazando a su hija y sollozando. Al instante, se vio rodeada por Sebastian, Augusto y Bruno, todos intentando consolarla a la vez.


Con los ojos llenos de lágrimas, Paula miró sus rostros.


—¿Quién fue el que disparó?


—Eso no importa —respondió Sebastian, acariciándole los hombros—. Lo único que importa es que estás bien. Y que Olivia está bien.


Ella no podía mirar a Pruitt.


—¿Está...?


—Sí, muerto —respondió Bruno—. No volverá a molestarte.


Finalmente, ella tuvo que enfrentarse a lo peor.


—¿Y... y Pedro? —consiguió decir.


—Estoy aquí —dijo él, y salió de las sombras, con el treinta y ocho de Sebastian colgando de su mano derecha.




CAPITULO 48 (CUARTA HISTORIA)




—Maldita sea —farfulló Augusto. Iba a caballo, moviendo la linterna para iluminar el suelo—. He perdido la pista de nuevo.


Pedro luchó por controlar el pánico. Sebastian, Augusto, Bruno y él llevaban horas siguiendo el rastro de los dos caballos, junto con las dos perras, Fleafarm y Sadie. Estaba oscureciendo y un loco tenía a Paula y a Olivia en aquella oscuridad, en algún lugar.


En ese momento, oyeron un ladrido a lo lejos. 


Después, otro.


—Bueno, estupendo —dijo Augusto—. Probablemente, se han asustado de alguna mofeta.


—Vamos a averiguarlo —dijo Sebastian, y guió a su caballo en dirección al ruido.


Pedro se dijo que no debía dejarse llevar por la reacción de los perras. Sebastian había dicho que no estaban adiestradas para aquel tipo de tarea y que posiblemente, había sido inútil llevarlas. Fleafarm era capaz de controlar un rebaño como ningún otro perro y Sadie, la gran danés de Maria, era una magnífica guardiana, pero tampoco sabía nada de rastrear.


Sin embargo, Pedro espoleó al caballo para que se pusiera al trote y llegó al pequeño claro donde estaban las dos perras, moviendo las colas, muy orgullosas de sí mismas. Había algo a sus pies.


Pedro movió la linterna y le dio un vuelco el estómago al iluminar un peluche muy sucio.


Bruce.



CAPITULO 47 (CUARTA HISTORIA)




Paula estaba sentada en una manta con Olivia en el regazo, no muy lejos de la boca de la cueva donde Pruitt había fijado su campamento. 


No parecía que la niña hubiera notado la ausencia de Bruce hasta el momento. Paula le cantaba y mientras jugaba con ella, miraba a su alrededor buscando objetos que pudieran servirle de entretenimiento a Olivia.


Había atardecido y comenzaba a hacer frío. En poco tiempo oscurecería. Habían llegado al campamento al mediodía, pero después de descansar un poco y comer algo, Pruitt le había ordenado a Paula que volviera a subirse al caballo con la niña. Paula había pensado que se le iban a salir los brazos de los hombros, pero había obedecido. Entonces habían tomado una dirección distinta, y habían avanzado hasta llegar a un claro en que había un signo de civilización. Una línea telefónica. Paula no quería pensar en lo que había pasado después, pero esa imagen quedaría impresa en su retina hasta el final de sus días.


Apuntándola con la pistola, Pruitt le había ordenado que le pusiera a él el arnés con Olivia. Después, con el bebé a la espalda y el ordenador portátil atado a la cintura, había trepado por el poste de la línea. Mientras Olivia se reía encantada por la aventura, Paula se había quedado abajo, rezando como no había rezado nunca.


Dios había respondido a sus plegarias y Pruitt había bajado sin caerse y sin dejar caer a Olivia. Después, él había vuelto con el bebé en la espalda al campamento y durante todo el camino, Paula se había visto obligada a escuchar cómo fanfarroneaba sobre su hazaña: había conectado su ordenador al cable de la línea telefónica y había enviado a su padre un correo electrónico pidiéndole que le transfiriera la cantidad del rescate a una cuenta de las Islas Caimán. Al día siguiente, había dicho Pruitt, repetirían la maniobra para que él pudiera saber cuál era la respuesta de Chaves, y si le confirmaba que había realizado la transferencia.


Paula había enviado otra plegaria al cielo, en esta ocasión, rogándole a Dios que las rescataran antes de que Pruitt volviera a trepar por el poste con su hija a la espalda. Hasta el momento, su plegaria no había sido escuchada. Paula no recordaba haber estado tan cansada ni tan dolorida nunca en su vida, salvo en las horas previas al parto de Olivia.


Se dio cuenta, entonces, de que Pruitt tendría que dormir en algún momento. Y ella tenía que pensar en alguna forma de neutralizarlo antes de que él pensara en atarlas a las dos para descansar.


—Ha llegado el momento de que te ganes la manutención —dijo Pruitt—. Saca una lata de estofado y el hornillo de gas de esa bolsa, y calienta la cena. Ah, y haz café, de paso.


Ella se puso de pie y se colocó a Olivia en la cadera. Comenzó a encender el hornillo de gas, mientras pensaba en alguna forma de envenenar la comida. O el café. Entonces, recordó sus conocimientos sobre hierbas: la dedalera era venenosa. Sólo tenía que encontrar un poco.


—No puedo trabajar bien mientras tengo a Olivia en brazos —le dijo.


—Es una pena. Yo no tengo intención de agarrarla.


—Yo no quiero... es decir, no esperaba que lo hicieras. Pero quizá si ato el arnés al tronco de un árbol, pueda sentarla como si fuera una silla.


—Adelante. Pero recuerda que estoy apuntando con la pistola a la cabeza de la niña.


—Sí —respondió ella.


Como si pudiera olvidarlo. Hablando animadamente con Olivia, se puso en pie y tomó el arnés del suelo.


—Voy a encontrarte un lugar perfecto —dijo a la niña.


—¡Ba, ba! —respondió Olivia, mirando atentamente todo lo que hacía.


Paula caminó por el campamento y estudió las plantas que creían por allí, mientras fingía que estaba buscando el árbol adecuado para atar el arnés. Entonces divisó la planta junto a un álamo y canturreó:
—Éste es el árbol perfecto... Allá vamos, Olivia.


Colocó el asiento junto al álamo y aseguró las cintas alrededor del tronco. Asegurar el arnés al tronco era difícil, mientras Olivia se movía y se retorcía como si estuviera jugando. Pero ella se dio cuenta de que Pruitt se aburría de aquel proceso tan largo y finalmente, desviaba la atención. Ella aprovechó aquel momento para arrancar un puñado de hojas de la planta y metérselas en el bolsillo del pantalón.


—Muy bien, Olivia —dijo.


La pequeña se quedó un poco perpleja en aquella percha, pero sus pies tocaban el suelo y la sensación le encantaba. Con una sonrisa, comenzó a practicar el balanceo y Paula acercó un poco el hornillo de gas para poder hablar con la niña mientras calentaba el estofado de lata.


Decidió que pondría la dedalera en el café, así que mientras lo hacía, le dio la espalda a Pruitt para ocultarle la maniobra. Rápidamente, puso un puñado de hierbas en el filtro de la cafetera, y después lo tapó con el café molido. Luego cerró la cafetera y la puso al fuego.


Le sirvió un plato de estofado y a los pocos minutos, una taza de café. Él dio un sorbo e hizo un gesto de repugnancia.


—¿No te han dicho nunca que haces un café horrible? —preguntó—. No entiendo cómo es posible que lo hayas hecho tan mal.


—Yo... no tengo mucha práctica —dijo, con el corazón acelerado de angustia—. Siempre tomo infusiones.


—Oh, claro, doña perfecta no toma café. Y seguramente, nunca has tenido que prepararle café a un hombre, ¿verdad, princesa? La cocinera se encargaba de todo eso. Es una maravilla que hayas sabido calentar el estofado. De todas formas, me beberé esta asquerosidad. No he traído mucho café, y necesito toda la cafeína que pueda tomar. Cuando éste se termine, supervisaré cómo haces la segunda cafetera.


¡No había sospechado nada! Paula intentó disimular la sensación de triunfo que estaba experimentando.


—Está bien.


Él la miró desconfiadamente.


—Eso ha sonado muy cooperativo. ¿Cómo es que no me dices que me haga mi maldito café?
Ella bajó los ojos para que Pruitt no pudiera ver su expresión.


—Mientras tengas un arma, voy a cooperar.


Pruitt entrecerró los ojos y su mirada se volvió más calculadora.


—¿Es eso cierto? Lo tendré en cuenta. Puede que sea una noche muy larga.


A ella se le heló la sangre.


«Por Dios, que la dedalera funcione».




viernes, 14 de diciembre de 2018

CAPITULO 46 (CUARTA HISTORIA)




Pedro llegó al rancho a la hora de comer. 


Sebastian abrió la puerta, le echó un vistazo y llamó a Maria a gritos.


—Se las ha llevado —dijo Pedro, respirando entrecortadamente.


—¡Oh, Dios mío! —Sebastian se puso blanco.


Maria llegó corriendo y vio a Pedro.


—¿Qué...? Ay, no. No —se agarró la barriga y comenzó a tambalearse.


Sebastian y Pedro se apresuraron a sujetarla.


—La tengo —dijo Sebastian, agarrándola con cuidado—. Vamos, Maria. Te llevaré al sofá.


—¿Dónde están? —preguntó Maria.


—Sólo sé la dirección que tomaron. Él me golpeó y me dejó sin sentido, y se las llevó a caballo.


Sebastian guió a Maria hacia el sofá y la ayudó a sentarse. Después se volvió hacia Pedro.


—¿Y qué ocurrió con la maldita alarma? Se suponía que estabais protegidos. ¿Dónde estaba ese sistema de seguridad tan moderno?


Pedro había estado pensando en aquello durante todo el camino de vuelta. La culpa era suya. Se enfrentó a Sebastian y le dio la explicación que le estaba pidiendo.


—Tuvimos una discusión. Yo me fui a cortar leña y la desconecté para salir. Le dije que la conectara cuando yo hubiera cerrado la puerta, pero ella no sabía hacerlo. Nunca llegué a enseñárselo. ¡Oh, Dios! —se le cerró la garganta y se dio la vuelta. No podía permitirse el lujo de derrumbarse. Tenía cosas que hacer.


Sebastian le puso una mano en el hombro.


—Las encontraremos. Voy a llamar a Bruno y a Augusto. Las encontraremos.


Pedro respiró profundamente y encontró la fuerza necesaria para mirar a Sebastian a los ojos.


—Las encontraré. Y las traeré de vuelta.


—No te dejaremos solo. Tú y yo vamos a ensillar los caballos mientras Maria llama a Bruno y a Augusto.


Pedro lo miró.


—Está bien. Gracias, Sebastian. Mientras Maria los llama, yo también he de hacer otra llamada. Quiero llamar al padre de Paula.


Pedro sabía lo que suponía aquello y Sebastian también. La prensa se arremolinaría alrededor de su rancho, esperando conseguir la historia de la heredera que había sido secuestrada en el Rocking D. El rancho podía convertirse en un infierno. Además, Ramiro Chaves querría tomar las riendas de la situación y eso afectaría a las vidas de todos aquellos a quienes Pedro más apreciaba.


Sebastian lo miró fijamente.


—Está bien.


Pedro comprendió que ningún otro hombre del mundo haría el sacrificio personal que Sebastian estaba haciendo por él en aquel momento.


—Ve a la cocina. Maria llamará a Bruno y a Augusto con mi teléfono móvil. Nos vemos en el establo —dijo su amigo.


Pedro asintió brevemente y fue hacia la cocina.


—Y Pedro... —dijo Sebastian.


Pedro se volvió.


—No te preocupes. Nosotros cuatro podemos manejar a un tipo de Nueva York. No importa el dinero que tenga.


Pedro no estaba pensando en el dinero de Chaves cuando se sacó de la cartera la tarjeta que le había dado el millonario. Su número de teléfono directo estaba allí escrito.


Sólo tuvo que esperar a que el teléfono sonara dos veces antes de que el padre de Paula descolgara.


—Ramiro Chaves.


Pedro cerró los ojos. Detestaba tener que dar aquel golpe.


—¿Diga? ¿Quién es? ¿Paula?


—Soy Pedro Alfonso


—¡Alfonso! ¡La has encontrado!


—Sí. Y...


—¡Magnífico! Voy a avisar a Adela. Se va a poner muy contenta...


—Hay más.


—¿Más? —preguntó Ramiro. con voz teñida de miedo.


—Durante los últimos seis meses, la ha estado siguiendo un hombre. Esta mañana la ha secuestrado.


Hubo un silencio sepulcral al otro lado de la línea.


—Entonces ¿qué demonios estás haciendo al teléfono? ¿Has llamado a la policía? ¿Al FBI? ¡Olvídalo! ¡Dime dónde demonios estás! ¡No muevas un dedo hasta que yo llegue allí!


Pedro experimentó una calma fría.


—Voy a ir a buscarla. Mis amigos y yo vamos a salir a rastrear la zona a caballo. Estoy en un rancho llamado Rocking D, cerca de Huérfano, un pueblecito de Colorado. No está lejos de Canon City. Si viene a Colorado Springs en avión y alquila un coche desde allí, lo encontrará con facilidad. Puede estar aquí esta misma noche. Para entonces, habré traído a Paula a casa.


—¡Y un cuerno! ¡Si haces algo antes de que yo llegue allí, desearás no haber oído nunca el nombre de Ramiro Chaves!


—Lo siento, Ramiro. Vamos a ir a rescatarla ese tipo también se llevó a la hija de Paula, Olivia. Tiene ocho meses.


Ramiro jadeó.


—Y sí, en caso de que se lo esté preguntando, es hija mía también. Así que entenderá por qué voy a ir a buscarlas. Hasta esta noche —dijo, y colgó el teléfono. Ya no tenían nada más que decirse, y había llegado el momento de ir en busca de Paula.


Pedro asintió.


Maria entró en la cocina.


—He avisado a Bruno y a Augusto —dijo—. Todo el mundo viene hacia acá. Las mujeres y Julian se quedarán conmigo mientras vosotros no estáis.


Pedro asintió.


—Bien. Me voy al establo a ayudar a Sebastian.


—Os prepararé algo de comer. No sabemos cuánto tiempo...


—Bien —dijo Pedro, y se giró hacia la puerta de la cocina.


—¡Pedro! ¡Tienes la nuca cubierta de sangre seca! Deja que...


—Olvídalo, Maria.


Ella le agarró del brazo.


—Quizá tengas una conmoción. Deja que te mire.


Pedro le apartó la mano con delicadeza.


—No tengo tiempo. A propósito, Ramiro Chaves llegará aquí esta noche. Con suerte, nosotros habremos regresado con Paula y Olivia antes de que él aparezca.


Pedro, creo que deberías dejarme que te mirara la cabeza.


—Gracias de todos modos, Maria —dijo él. Se inclinó y le dio un rápido beso en la mejilla. 


Después salió por la puerta.




CAPITULO 45 (CUARTA HISTORIA)




Paula se había acordado de tomar el arnés para llevar a la niña antes de que se marcharan, y Pruitt le había permitido transportar a Olivia en él. Ella no quería que aquel monstruo tocara a su hija, así que se había puesto a Olivia a la espalda y se había subido al caballo, tal y como le ordenó Pruitt.


Como no estaba acostumbrada al peso, al principio se encontraba un poco inestable mientras montaba, pero sabía que aquélla era la única forma de que Olivia viajara con una relativa seguridad. La niña estaba callada a su espalda, posiblemente dormida. Paula agradecía aquello, pero el peso muerto a la espalda hacía que le dolieran mucho los hombros.


Por el camino, pensó que debería estar planeando su huida, pero mantenerse sobre el caballo en aquellas condiciones requería todo su esfuerzo y su atención. Intentó memorizar el camino que estaban recorriendo. Aparte de un riachuelo que siguieron durante kilómetros, el bosque comenzó a parecerle igual al poco tiempo de comenzar la marcha.


—Así que tu padre nunca te mencionó que yo trabajaba en uno de sus periódicos de Los Angeles —comentó Pruitt.


—No.


—¿Te acuerdas de aquel senador de California al que secuestraron el año pasado?


—Supongo.


—¿Supones? Fue la historia más seguida a nivel nacional durante varias semanas. Yo la cubrí y firmé bastantes notas de Associated Press.


Paula no respondió. Era evidente que Pruitt quería fanfarronear, pero ella no tenía por qué animarlo.


—Cuando atraparon a los secuestradores, conseguí que accedieran a hablar conmigo y contarme toda su historia. Tenía perfilado el guión de una serie de artículos que se iba a titular «En la mente de un secuestrador». Habría sido un brillante ejercicio de periodismo. Sin embargo, mi editor habló con tu papá antes de firmar el contrato, y Ramiro. ordenó que no se llevara a cabo el proyecto y me confiscó todo el material con el que había trabajado. Dijo que aquello le daría ánimos a otra gente enferma para hacer lo mismo y que él no quería ser responsable. ¡Maldito idiota! Yo podría haber ganado el Pulitzer para él y para su asqueroso periódico.


—Mi padre tiene principios —dijo ella, y se dio cuenta de que sentía orgullo. Nunca había concedido ningún mérito a la integridad de su padre. Estaba demasiado ocupada rebelándose contra el control que ejercía sobre ella como para pararse a pensar en sus puntos positivos. Y había muchos.


Tenía que admitir que la conversación la estaba distrayendo del dolor que sentía en los hombros. Aquello, más que la curiosidad, fue lo que la impulsó a hacer una pregunta.


—¿Y lo dejaste?


—No, demonios, no lo dejé. Comencé a ofrecer la historia en otras publicaciones, y creo que tu padre tuvo miedo de que me aceptaran en otro lugar. Me despidió y consiguió que se me hiciera el vacío en la profesión. Ningún editor quiso hablar conmigo. ¿Te parece justo?


—Me parece propio de mi padre —admitió Paula. No tenía ninguna duda, de que cuando alguien de la organización de Ramiro Chaves amenazaba el imperio por el que él había trabajado tanto, su padre usaba todo el poder del que disponía para aniquilar a esa persona. Y también creía que en aquel caso, los contactos de su padre en el negocio habían convenido con él en que había que pararle los pies a Esteban Pruitt.


—Bueno, pues se metió con el hombre equivocado. Acababa de hacer un curso intensivo en secuestros, y no tardé mucho en pensar quién sería mi objetivo.


—¿Y cómo me encontraste?


—Gracias a mi excelente memoria. Cuando estábamos en la universidad, una vez me dijiste que si pudieras vivir en donde tú quisieras, elegirías Aspen, en Colorado. Nunca habías estado allí, pero creías, por las fotos, que era muy bonito, y estabas segura de que te encantaría.


Ella recordaba vagamente aquella conversación. Estaba claro que se sentía fascinada con Aspen. Después de conocer a Pedro allí, había decidido quedarse en esa ciudad a seguir su destino. 


¡Oh, Dios!. Pedro. El instinto de protección hacia su hija bloqueaba los pensamientos sobre Pedro, pero en aquel momento, la visión de su cuerpo tendido en el suelo surgió en su mente.


Pero no, él no podía estar... No quiso pensar en aquello. Seguramente, sólo se había quedado inconsciente por un golpe en la cabeza. Y cuando se despertara, iría a buscarla.


Ella debería encontrar la forma de dejar algún rastro por el camino. Demonios, ¿cómo no se le había ocurrido antes? Quizá no fuera demasiado tarde. Pero ¿qué clase de señales? Pruitt le había atado las manos a las riendas, así que no tenía mucha libertad de movimientos. Sin embargo, llevaba la bolsa de los pañales colgando de la silla, y se dio cuenta de que el rabo de Bruce asomaba por el borde. Paula lo había metido allí pese a las protestas de Olivia cuando se lo había quitado, porque había pensado que era muy probable que a la niña se le cayera de las manos por el camino.


Lo cual habría sido un plan perfecto.


Tenía que seguir distrayendo a Pruitt con la conversación, de modo que él no sospechara que estaba haciendo algo a escondidas.


—¿Y te gustaba ser reportero? —preguntó despreocupadamente, como si quisiera cambiar de tema. Mientras, lentamente, comenzó a mover la bolsa para que el mono se saliera por el borde del plástico.


—No estaba mal, pero seguirte a ti durante todo el verano ha sido mejor. Como el espionaje, o algo así. Empecé a preguntarme si tú también te estabas divirtiendo. Confiesa, Paula, ¿no tuviste algunos momentos de emoción?


—Lo siento, supongo que no tengo el mismo sentido de la aventura que tú —respondió ella. 


Era evidente que aquel tipo necesitaba una fuerte medicación.


—Deberías haber salido conmigo en la universidad, Paula.


—Quizá.


Ella sintió un segundo de remordimientos por sacrificar a Bruce, pero si no dejaba alguna pista para Pedro, perder a Bruce sería la menor de sus preocupaciones. Pensando una rápida disculpa para Olivia, le dio un golpe a la bolsa con la rodilla, disimuladamente, y el mono cayó al suelo. Paula temió que el caballo lo pisara.


Sin embargo, lo más importante de todo era que Pruitt estaba tan absorto en su fantasía que no se daba cuenta de nada.